ALBERGUES Y CAMPAMENTOS

Las condiciones de los albergues y campamentos

Dos semanas después del terremoto visitamos uno de los campamentos de damnificados en la delegación Coyoacán1 para conocer sus necesidades de acopio, preguntar en qué podíamos apoyar y si una documentación sobre su situación podría ser de utilidad para sustentar sus exigencias. Debido a los daños severos (uno de los doce edificios colapsó y cuatro tuvieron daños estructurales significativos) las calles cercanas a la unidad se encontraban cerradas y el taxista nos tuvo que dejar a una distancia considerable. Aunque ya habían concluido las tareas de rescate, miembros de la marina, el ejército y de seguridad pública seguían resguardando la zona del derrumbe. Las paredes de las unidades aledañas estaban pintadas con frases de alerta: “Guardar Silencio”, “Fuga de Gas. No Fumar”. Le preguntamos a una señora si nos podía indicar el camino hacia la escuela primaria donde se encontraba el campamento. “Yo estoy viviendo en otro campamento”, nos comentó mientras nos acompañaba. “Estamos unidos. Nos estamos reuniendo todos los días en asamblea para saber qué hacer y compartir información, no importa que haya pleitos entre vecinos -pese a mencionar algunos de ellos-. Pero no quiero tener a esos aquí”, dijo mientras señalaba a uno de los soldados. “No entiendo qué están haciendo. No estamos en guerra. Perdimos nuestras casas.”.

Le dimos la vuelta a la esquina. Las casas tenían letreros que decían “Carga tu celular aquí” con una flecha apuntando a una fuente de corriente eléctrica que los vecinos habían dejado a la intemperie para uso público. A media cuadra encontramos la primaria, un edificio de una planta con un patio extenso. Al lado se encontraba un kínder convertido temporalmente en centro de acopio. Miembros del ejército vigilaban ambos edificios. El soldado que resguardaba la entrada al campamento nos informó que teníamos que registrar nuestros nombres en la libreta que llevaba un voluntario. Nos recibieron dos psicólogos de la sociedad civil, ambos individuos profesionistas que se unieron a un equipo creado de manera espontánea para ofrecer apoyo emocional a las personas damnificadas. No eran sólo ellos y el ejército los que se encontraban en las instalaciones del campamento, también estaban los que algunos damnificados etiquetaban como “las chalecas rosas”, funcionarios del gobierno de la Ciudad de México que empezaron a llegar ese día para apoyar en las diversas necesidades que se habían presentado. Comentaban las personas con las que hablamos que, aunque algunos eran amables, no quedaba del todo claro cuáles eran sus funciones, ni cómo se iban a coordinar con los representantes de las y los damnificados y con los equipos de voluntarios que ya llevaban dos semanas apoyando.

El campamento era mixto. Las y los damnificados organizaron este espacio en las instalaciones de una escuela pública, recibieron ayuda principalmente de sociedad civil, pero al inicio estaba a cargo de la marina y posteriormente del gobierno de la Ciudad de México. Inmediatamente después del sismo, la directora de la primaria les había ofrecido a las y los damnificados usar de manera temporal las instalaciones de la escuela, dado que las grietas de los muros al fondo del patio se encontraban dañados, lo que le obligaba a suspender las actividades escolares en el recinto. Salvo el espacio cercano al muro - acordonado con una cinta amarilla - el resto del patio y de la planta baja se habían destinado para las necesidades de las y los damnificados. La mayor parte del patio lo ocupaban tiendas de campaña que habían sido colocadas con suficiente distancia entre sí para permitir el paso, pero lo suficientemente cercanas para impedir que las áreas de dormir fueran de libre tránsito. Sillas de plástico alrededor de mesas metálicas marcaban el espacio del comedor cercano a la entrada. A un lado, había una pequeña cocina con hornillos eléctricos, mientras que en el otro extremo permanecía un espacio libre por donde los niños corrían con pelotas inflables y jugaban con los animales de peluche producto de donaciones.

Las conversaciones durante esta visita marcaron en gran medida el rumbo que tomaría la documentación de las condiciones de vivienda de emergencia en los albergues oficiales y campamentos civiles. Varias personas con las que platicamos repitieron los comentarios de la señora que nos señaló el camino a la escuela y expresó la profunda desconfianza que le generaba la presencia de la marina y del ejército. Otras comentaban que existía un conflicto entre la decisión de la directora de la escuela de convertir las instalaciones en un campamento temporal y las opiniones de algunos padres de familia que querían que sus hijos regresaran a la brevedad a sus actividades escolares. Había quienes cuestionaban el tipo de presencia y las actitudes de algunos funcionarios públicos, al tiempo que mostraban cierta ambivalencia respecto a lo que tendrían que ser las obligaciones del gobierno de la Ciudad de México y lo que se podría esperar de los colectivos de la sociedad civil que se habían acercado de manera solidaria, como era el caso del equipo de psicólogos con los que ya habían establecido un nivel de confianza importante. Algunos insistieron que había que mantener ante todo su dignidad frente a escenarios que percibían como humillantes, incluyendo el tener que aceptar ropa donada cuando llevaban toda su vida de adultos siendo auto suficientes. En su conjunto, los comentarios nos hicieron entender la importancia de documentar las condiciones de los albergues y campamentos, incluyendo el papel de las autoridades y de la sociedad civil, para dar cuenta de las afectaciones que podían estar sufriendo las y los damnificados.

Dicha tarea se volvió aún más relevante por nuestra formación y práctica en derechos humanos. Como lo veremos en detalle en el capítulo 7, los estándares internacionales y nacionales no suspenden las obligaciones estatales de garantía y protección de derechos en situaciones de emergencia; antes bien, enfatizan la importancia de proteger y garantizar con mayor ahínco los derechos de las personas que se encuentran en situación de vulnerabilidad. Ello implica prevenir o reducir las condiciones que generan dicha vulnerabilidad, así como disminuir el impacto negativo que las emergencias pueden tener sobre los derechos de las personas vulnerables.

Por lo mismo, en nuestras primeras visitas a albergues y campamentos identificamos situaciones preocupantes para los derechos de las personas afectadas, tales como la presencia de fuerzas armadas ya pasada la emergencia—lo cual genera un orden de excepción, que puede poner en riesgo a mujeres y niños— y la ausencia de autoridades de derechos humanos verificadoras, como por ejemplo observadoras/es de las comisiones de derechos humanos.

¿Qué era relevante documentar y por qué? Para empezar, fue necesario identificar dónde se encontraban los campamentos y albergues, lo que implicaba concentrar y contrastar información dispersa e incompleta que habían recopilado diversos colectivos de la sociedad civil y que habían publicado dependencias gubernamentales. Ya teniendo ese mapa de los espacios de vivienda de emergencia en la ciudad, nos vimos obligados a entender la relación entre los albergues oficiales y los campamentos civiles, al igual que el funcionamiento de cada tipo de vivienda de emergencia. ¿Cómo están operando los campamentos y los albergues y qué papel están asumiendo las dependencias de gobierno y las redes de la sociedad civil? ¿Con qué fuentes de ingresos se sostienen? ¿Cuáles son las redes de apoyo médico, psicológico y de alimentación que operan en los campamentos y albergues? ¿Cuáles son las condiciones de riesgo y de vulnerabilidad a las que están expuestos mujeres y niños, pueblos indígenas, y otros sectores vulnerables de la población? Después de sostener reuniones con colectivos de la sociedad civil y con organizaciones de derechos humanos, consideramos que era relevante registrar esta información para identificar de qué manera el Estado estaba protegiendo, o por el contrario vulnerando o violando los derechos de las y los damnificados. Las respuestas a estos interrogantes estructuran el contenido de este capítulo.

1. Los nombres y ubicaciones de los campamentos serán omitido por razones de seguridad. El único dato que se incluirá respecto de la localización de los mismos es la delegación en la que se encuentran.