TESTIMONIOS


Los habitantes del albergue ciudadano en la Delegación Benito Juárez

Alejandro Sánchez
Estudiante de Antropología de la Universidad Nacional Autónoma de México
Brigada Albergue Ciudadano, Delegación Benito Juárez

La casa transformada en el albergue, nombrado así por los dueños de la propiedad) acogió a personas desde los primero días posteriores al terremoto. Es posible llegar al albergue caminando desde la estación de metro Nativitas. Apenas otra cuadra y media hay que cruzar hacia el sur para dar cuenta de algunas afectaciones materiales en la colonia. A unos cuantos metros antes de llegar a la vivienda, se observa un edificio con herrería art decó sobre su entrada que parece estar deshabitada, la estructura sostenidas por polines mal asegurados, prácticamente recargados, sobre las paredes agrietadas. Justo en frente se observan unos tramos de la acera en reparación; agujeros en el pavimento dan cuenta de un trabajo de reparación inconcluso de las fugas de agua que provienen de las tuberías subterráneas.

El albergue posee una fachada simple de color anaranjado; en la planta baja, dos ventanas protegidas por herrería negra y a la derecha de éstas un zaguán del mismo color con cartulinas pegadas con cinta adhesiva con las inscripciones “Centro de acopio las 24 horas”, “Se lavan coches a domicilio” y “Tocar fuerte”. Así, tras seguir la indicación de la última cartulina color verde fosforescente, uno es recibido, la Tía, hermana del Tío, quien es dueño y proveedor de la casa y ahora de los albergados. El tío y la tía aceptaron colaborar para el proyecto de documentación, acudimos a su casa cada domingo para poder entrevistarnos directamente con los albergados.

Antes del sismo la casa albergue era habitada por sólo ocho personas: la Tía con su marido y el Tío con sus cinco hijos adoptivos, a los que llama “sobrinos”. Por eso cuando comenzó a recibir damnificados en su hogar, todos los albergados les comenzaron a llamar “Tíos” a sus anfitriones.

La Tía es la que está presente en la casa la mayor parte del tiempo. En una breve conversación con ella, menciona que hasta el día 12 de noviembre de 2017, la población total de la casa era de 33 personas, incluyendo la familia anfitriona (8), otras tres familias huéspedes (3,3,4), solteros (4), y otros individuos (7) que no se encontraban al momento de la visita.

La rutina interna varía, pues algunos de los albergados (hombres en su mayoría), han conseguido empleo o continúan con sus trabajos, para así poder contribuir con la manutención de la propiedad, así como ahorrar lo suficiente para buscar un lugar particular lo antes posible. Entre semana, los horarios de salida son variados y, por lo general, nunca están todos los albergados al mismo tiempo dentro de la casa. Es a las siete de la noche cuando la mayoría se encuentra en el albergue. Las tres familias que reconocimos en el albergue tienen hijos de menos de siete años, lo cual ha implicado que las mujeres sean las que se que se encuntran casi todo el día en la casa, mientras que los padres trabajan, algunos en el día y otros durante la noche.

Quisiera relatar las historias de tres familias albergadas.

La primera es una familia de tres, conformada por una pareja y su hija de dos años, provenientes de Atotonilco, Morelos, un poblado cercano a Cuautla. La casa de adobe que rentaban quedó prácticamente inhabitable y tuvo que ser demolida sin que ellos pudieran recuperar sus pertenencias. Comenta la joven madre que cerca del 80% de las casas particulares de Atotonilco tuvieron que ser demolidas y que en Morelos, la mayoría de las propiedades particulares colapsadas o severamente dañadas, que incluso sobrevivieron a un terremoto como el de 32 años antes, eran habitadas o eran propiedad de personas mayores.

A pesar de que el propietario tenía conocimiento sobre las malas condiciones de la pequeña construcción, la familia no recibió indemnización alguna. Ante esta compleja situación, acrcentada por la pérdida del empleo del marido, decidieron mudarse al departamento de sus padres. Sin embargo, este edificio también había sido desalojado por riesgo de colapso y no tuvieron más que buscar un albergue temporal. Desde la casa-albergue le dan seguimiento a su exigencia de recibir una indemnización por parte del propietario, no sólo por haberles rentado una casa con una estructura deficiente, sino también porque el hombre de la familia había quedado herido durante el sismo: en su esplada cayeron ladrillos huecos de la construcción. Tuvo que permanecer en reposo unos días después del incidente, lo que derivó en la pérdida de su empleo como taxista.

La segunda familia albergada proviene de Puebla. Está compuesta por el padre de 22 años, la madre -casi de la misma edad- y sus dos hijas pequeñas (una de cuatro años y la otra apenas con el medio año cumplido). La familia habitaba en un cuarto prestado en tanto que no contaban con los recursos para pagar la renta correspondiente. La casa en la que se encontraba la habitación sufrió daños estructurales serios, por lo que los desalojaron. Sin embargo, al momento de querer recuperar algunos de sus bienes, los vecinos les impidieron el acceso a la propiedad. Con tal de encontrar rápidamente un empleo, se fueron a la Ciudad de México a buscar un albergue. Al llegar a la ciudad fueron víctimas de un asalto, perdieron las maletas con algo de ropa y sus documentos, por un tiempo se estuvieron hospedando en un albergue oficial ubicado sobre el Eje Central que, además de las malas condiciones, cerró a los pocos días, por lo anterior dieron con el alberge de los Tíos en donde, manifestaron, por fin fueron bien atendidos.

La tercera familia la conformaban dos adultos mayores junto con su nieto de 6 años. Vivían en un edificio de la delegación Benito Juárez. El edificio quedó parcialmente dañado y con la posibilidad de reparaciones. No obstante, comenta la abuela que dicho edifico estaba ocupado de manera irregular desde 1985, por lo cual ninguno de los ocupantes podía comprobar los derechos de la propiedad. Lo complicado de la situación se agrava más en el caso de la señora, pues ella rentaba ahí. Un ocupante de ahí mismo le cobraba la renta del departamento bajo un contrato falso, lo que provocó que los demás ocupantes la excluyeran de los procesos y las tomas de decisiones respecto de la reconstrucción. La señora nos comentó que ya no le interesa seguir rentando ahí, sino poder recuperar las pertenencias que aún seguían dentro de su antiguo departamento.

Al llegar al albergue de los Tíos comenzó a juntar dinero gracias a su trabajo de manicura y pedicura a domicilio. Comenta que ya en ninguna estética contratan gente de su edad para ese tipo de servicios. Junto con su hija, que ahora tiene un empleo, pretenden ahorrar lo suficiente para pagar una renta cerca de ahí; la señora quiere continuar con el trabajo de manicura. Su estancia es por lo pronto indefinida y la información que ha recibido por parte de las autoridades sobre el edificio en donde habitaba es casi nula. Cuenta que tiene que mantenerse al pendiente porque al ser arrendataria sus vecinos la excluyen de las decisiones.

Al entrevistar a los albergados nos dimos cuenta que la mayoría de ellos, o de sus conocidos, habían llegado en un primer momento a un albergue oficial, pero estos habían cerrado o sus ocupantes se tuvieron que ir debido a un “desalojo voluntario”. Relataron como las autoridades a cargo de los albergues les obligaban firmar un documento en el que especificaban que su desalojo era porque ya habían solucionado su situación de alojamiento lo cual era -la mayoría de las veces- totalmente falso. También les prometieron el famoso apoyo de $3,000 pesos otorgado por el gobierno de la ciudad. Algunos sí lo recibieron pero muchos otros no.

La situación entre los albergues oficiales y el albergue ciudadano comienza adquirir nuevas dimensiones cuando la misma delegación empieza a canalizar gente hacia el albergue de los Tíos. Cuenta la Tía que han sido frecuentes las llamadas telefónicas en que personal de la delegación Benito Juárez y Cuauhtémoc para pedirles que alojen a personas cuya atención en realidad correponde al gobierno de la Ciudad de México. Nos contó que las autoridades tenían la intención de canalizar seis adultos mayores, petición que ella rechazó por no tener las condiciones adecuadas para atender a personas con necesidades de salud específicas. También la llamaron para ver si podía recibir a varias familias otomí que se encontraban acampando afuera de su edificio dañado, donde eran ocupantes irregulares y que ahora estaban sufriendo un terrible asedio por parte de los vecinos de la colonia Roma que pretenden expropiar el predio para construir un centro cultural.

La Tía comenta lo difícil del proceso, la convivencia entre la gente se complica conforme pasa el tiempo. Comenta que las primeras semanas de vida en el albergue fueron relativamente fáciles, todos tenían una actitud de agradecimiento y estaban dispuestos a ayudar con lo que fuera posible. Pero pasadas ya las semanas, cuando las rutinas individuales y familiares comenzaban retornar “a su curso”, empezaron las tensiones. Si bien la convivencia se planteaba desde la flexibilidad, los Tíos optaron por poner ciertas reglas con el fin de evitar desacuerdos como el establecimiento de horarios de comida para los adultos y turnos para la limpieza de los espacios de la casa.

En cuanto a la situación externa al albergue, la Tía cuenta con amargura que la situación se vuelve más crítica conforme va pasando el tiempo. Cuando estuvimos haciendo las visitas, lo que comían a diario era en mayor medida aportado del bolsillo del Tío. En la casa estaban dispuestos a seguir alojando gente por lo menos durante el próximo año, cuando el Tío ya tenía previsto mudarse por cuestiones de trabajo. Pero también les urgía darle una solución duradera al problema de la falta de víveres y demás necesidades básicas de la casa.