TESTIMONIOS


Experiencia en las brigadas de documentación.

José Luis Soto Espinosa
Instituto Mora

La brigada de la Comunidad Estudiantil del Instituto Mora realizó labores de documentación en la Colonia Tierra Colorada, de la Delegación Magdalena Contreras. Desde el momento en que nos dijeron en dónde trabajaríamos nos dimos a la tarea de informarnos sobre las condiciones del lugar. Pronto surgirían notas periodísticas sobre la supuesta “peligrosidad” y “alta marginación” de la colonia que llamarían nuestra atención. Con todo, decidimos continuar.

Se presentó el día para ir a Tierra Colorada, al llegar la persona que sería nuestro contacto jamás respondería nuestras llamadas. Mercedes, nuestra compañera de la UACM, cansada de esperar, comenzó a hablar con las personas del lugar, preguntando por “la señora”, quien supuestamente nuestro contacto debía presentarnos.

Nos sorprendió que las personas pronto reconocerían a quién buscábamos, una lideresa comunitaria que desde la fundación de la colonia ha intermediado con autoridades y gobiernos de distintos partidos para dotar de los servicios más básicos a la población de Tierra Colorada, a veces de forma diplomática, otras veces echando mano de la acción contenciosa.

La señora sería la que nos conduciría a cada una de las casas de las y los afectados por el sismo del 19 de septiembre, todos nos repetirían historias similares de desatención gubernamental. Las personas notaban que existía una continuidad entre la marginación de servicios que han padecido desde hace años, con el hecho de que las autoridades se negaran a incluirlas en los programas de reconstrucción por no tener más que un contrato de compraventa que avalara su propiedad, o por considerar que las personas, por ser pobres de por sí, mentían sobre el evidente daño en sus domicilios, mismos que jamás fueron revisados por personal de Protección Civil. Al respecto, fue la misma señora quien logró contactar a un arquitecto quien de “buena fe” revisó algunas de las casas dañada

Notamos que las historias de humillaciones que sufrieron frente a quienes se encargaban de inscribirlos a dichos programas se empalmaba con otras historias de igual agravio las que nos narraban cómo discriminaban a sus hijos en las escuelas de Tlalpan (porque en Tierra Colorada no hay escuelas, hospitales, ni ministerios públicos), pues a decir de los maestros, “se veía que eran de Tierra Colorada”, pues tenían sus zapatos y calcetas llenas de lodo por bajar caminando en medio de la lluvia.

Durante los procesos de documentación nos dimos cuenta que las afecciones materiales del sismo eran muy particulares, pues las casas estaban en su mayoría hechas de materiales precarios como lonas (en lugar de paredes), láminas (en lugar de losas) y polines (en lugar de castillos). Esto era aún más evidente cuando nos decían que el gobierno les había dado láminas que no podían usar, debido a que los polines dañados por la humedad que sostenían sus casas antes del sismo no serían suficientemente resistentes para sostenerlas y corrían el riesgo de que, al vencerse, “ahora sí los fueran a matar”.

Al terminar las jornadas de documentación, asistimos una última vez a Tierra Colorada, ya que nos habían dicho que una psicóloga integrante de una A.C. prestaba sus servicios de forma gratuita a las y los afectados por el temblor. Al llegar fue mucha nuestra sorpresa cuando ella nos comentó que la gente que atendía pocas veces había mencionado el sismo, más bien ocupaban la hora de consulta para hablar de otras violencias que vivían en sus vidas cotidianas: como en el hogar, en el trabajo o con sus vecinos.

De inicio no entendíamos porqué la psicóloga decía que desde su experiencia en Tierra Colorada no había daños tan severos, más cuando nosotros habíamos documentado casa por casa esos daños. Tras reflexionarlo, caímos en cuenta que, aunque traumático, el sismo y los problemas que desencadenó sólo era un eslabón en una serie de violencias y marginaciones que la población de ahí había padecido.

Nos queda en la memoria el caso de una joven que conocimos, ella tenía dos hijos, gemelos, uno presentaba la talla de un bebé de su edad y otro medía apenas la mitad de su hermano. Ella nos comentó que el más pequeño padecía una enfermedad que le impedía tomar leche materna y no recibía bien los suplementos alimenticios, por lo que estaba bastante débil. En nuestro último día en Tierra Colorada, la señora nos comunicó que el niño había muerto, en parte por su enfermedad, en parte porque el sismo había tirado una de las paredes de su casa por lo que el viento de invierno entraba casi directamente a las habitaciones, en parte porque la madre debió tomar un microbús con su hijo enfermo para llevarlo de urgencia a un hospital a Tlalpan, por lo que no llegó a tiempo.

Es verdad, el sismo fue un hecho que nos marcó a todos los habitantes de la ciudad, su efecto se percibió tanto en las colonias más acaudaladas como en las más humildes. No obstante, el desastre fue mayor cuando se encontró con otro siniestro, más letal y más longevo que el ocurrido el 19 de septiembre. La desigualdad social, la exclusión, la marginación y la indiferencia de las autoridades magnificaron las “réplicas” del terremoto, aquello que estaba aún en pie se vino abajo, hizo de la pobreza su epicentro y todos en torno a ella padecieron su inclemencia.