TESTIMONIOS


María José Arellano Poblette
Estudiante de 5to semestre de la Licenciatura en Derecho UACM

La naturaleza y sus fenómenos son capaces de sacar de nosotros lo mejor o peor como seres humanos, en lo individual y en lo colectivo. Son recordatorio de lo efímero que resulta nuestro andar y lo incierto de nuestra existencia en el mundo que conocemos, o decimos conocer. Nunca me había puesto a reflexionar qué es lo que, real y concretamente, me genera miedo al momento de un sismo, hasta que un 19 de septiembre (2017) sus efectos se hicieron tan palpables, cercanos, catastróficos y reales, que no sólo lo presencié como hecho histórico o titular de noticieros extranjeros. Nunca había pensado que se puede sentir más miedo después de un sismo que durante él.

En principio la confrontación, esos primeros instantes posteriores al temblor, cuando aún tus piernas parecen quebrarse. Poco a poco las noticias van apareciendo, al mismo tiempo que la señal del teléfono regresa. Un viejo radio de pilas se convierte en el único contacto con el mundo exterior que parece desierto, desolado aún con aparente normalidad. La incertidumbre carcome el alma y la atmósfera se percibe algo distinta. Hora tras hora aparecen cifras oficiales. Entre urgencias, las noticias falsas no se hacen esperar. Programación especial, insomnio. El recuento de los daños.

Las primeras reacciones son cruciales y las manos solidarias llegaron sin demora. Las primeras urgencias que atender y necesidades básicas que cubrir. Las horas y los días van pasando, el miedo no.

Van pasando los días de mayor caos y emergencia. Vamos acumulando noches de insomnio y el espejismo de normalidad pretende sumergirnos de nuevo en la cotidianidad fría y desmemoriada y, bajo este panorama, la otra cara de la moneda.

El proyecto de documentación del que estas líneas son consecuencia, esfuerzo conjunto de Universidades, Centros de Derechos Humanos y Sociedad Civil, nos confrontó directamente con la realidad: familias enteras durmiendo en albergues, campamentos improvisados entre avenidas y algunos, con mayor suerte, con familiares o amigos, familias que recibieron tres mil pesos cada mes durante octubre, noviembre y diciembre. Un total de nueve mil pesos que tenían que estirarse lo suficiente como para reconstruir el patrimonio forjado en años y para enfrentar con dignidad el duelo de haber perdido la vida como la conocían hasta antes de las 13:15 horas del martes 19 de septiembre. Nueve mil pesos que no llegaron a todos los afectados. Promesas sin concretarse en papel, los escombros de lo que fueron edificios, el saqueo de entre los escombros de las llaves y regaderas, la alcancía de algún niño, gatos sobreviviendo entre nubes de polvo y bloques de cemento, reuniones cargadas de demagogia. La rapiña del Estado y de los de a pie.

Durante mis visitas al campamento de la Colonia Portales conocí a un vecino afectado por el derrumbe del inmueble. Él se convirtió hasta hoy en día –ya a ocho meses del sismo- en mis ojos y oídos para allegarme de información. Dentro de las cosas que más me impactaron durante la documentación y posterior a ella fue saber que en las primeras 48 horas ninguna autoridad ni servicio de asistencia oficial se presentó en el lugar. Toda la ayuda corrió a cargo de los vecinos. A pesar de los acuerdos con autoridades delegacionales y de la Ley de Reconstrucción, los trabajos de demolición iniciaron sin propuesta de proyecto de reconstrucción, sin propuesta de constructora y, por ende, sin la aprobación de ninguno. La promesa de reconstrucción con gratuidad pareció evaporarse cuando algunos vecinos (una minoría) no presentaron escrituras pues, según se dijo, los veinticuatro propietarios son una sola figura jurídica. La gratuidad de la reconstrucción está condicionada a ceder un porcentaje de metros cuadros a fin de que la constructora proyecte más departamentos y pueda venderlos, que de las donaciones monetarias de personas, organismos y naciones nadie sabe nada. Hasta el momento en que escribo no hay aún proyecto de reconstrucción, cronograma, ni certeza alguna, pero que desde un inicio se advirtió que una vez empezada la obra podría demorarse hasta tres años en concluir. Con todo y mi asombro a cuestas, siempre recuerdo las palabras del vecino que conocí: “somos de los que mejor vamos, de los que menos dificultades han tenido”, palabras que expresan por un lado nobleza y empatía y, por otro, delatan lo ruines, inoperantes e indiferentes que podemos ser los seres humanos.

Finalmente he descubierto que es lo que me atemoriza cuando ocurre un sismo, evidentemente perder mi hogar, familia y amigos. Pero, me da verdadero temor, tras la tragedia, poder desilusionarme cada vez más de esta paradójica especie autonombrada humana.