TESTIMONIOS


Sandra Carmona Cárdenas
Estudiante de la UNAM
Brigada en la colonia Portales, Delegación Benito Juárez

Pocas semanas después del terremoto ocurrido el 19 de Septiembre de 2017, un grupo de estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, –del cual fui parte- nos coordinamos por contacto del Dr. Israel Solorio para hacer visitas a diferentes edificios que habían resultado dañados en la Delegación Benito Juárez, con la finalidad de obtener información a partir de entrevistas dirigidas a los(as) damnificados de la zona. He de reconocer que mis expectativas acerca del proyecto eran grandes, los edificios afectados se encuentran a pocas cuadras del lugar donde habito desde que nací y por tanto los vínculos afectivos y de pertenencia que he generado hacia la zona son fuertes. Mi cercanía personal con la colonia influyó en la forma que tuve una acercamiento mucho más íntimo con los(as) damnificados al momento de realizar las entrevistas.

Cabe señalar que por motivos de cercanía y seguimiento con los diferentes damnificados en la colonia Portales Norte adquirió especial relevancia para nosotros. Ante ello es necesario hacer énfasis en que la narración que se desarrolla en el presente, pretende dar voz a aquellos(as) que nos brindaron confianza comentándonos las fuertes experiencias a las que tuvieron (y seguramente, aún tienen) que enfrentarse después de lo acontecido el 19S; además de agradecer el esfuerzo de los estudiantes que mostraron interés, no sólo en la aplicación de entrevistas, sino también en los(as) damnificados, razón por la que a pesar de que a lo largo del texto me esfuerzo por narrar en primera persona, en algunas partes descubrirán algunos “nos”.

Para cualquier persona que no viva por zonas afectadas después del S19, caminar por la Colonia Portales Norte representaba una experiencia de verdadero impacto, afirmación que es posible de sostener gracias a los comentarios que varios de los compañeros realizaron al ver los diferentes edificios apuntalados. Sin embargo, caminando sobre Miguel Laurent en dirección a Tlalpan, pude notar que pocos eran los edificios que presentaban algún daño a simple vista, lo cual me tranquilizaba y me hacía sentir relativamente segura. Cuando llegamos a la esquina encontramos un edificio que a simple vista lucía como un edificio en perfectas condiciones; hecho que se reafirmaba con el local de grupo FAMSA, el cual se encontraba funcionando de manera normal y que se ubica en la planta baja del inmueble. Cabe señalar que en el primer piso del inmueble se encuentran actividades deportivas que –según nos comentaron- estaba a punto de reanudar. No obstante, la situación se tornaba confusa para nosotros los(as) entrevistadores porque a unos pasos de la entrada del edificio se encontraba un campamento con alrededor de unas seis personas.

De primera instancia pude percatarme que había desconfianza por parte de los(as) damnificados hacia nosotros, ya que de las primeras preguntas que nos realizaron fueron: ¿de dónde veníamos?, ¿con qué interés y el por qué?. Sin embargo, la tensión comenzó a cesar cuando el Dr. Israel Solorio mostró su credencial de la UNAM y explicó el propósito del proyecto.

Como se mencionaba la apariencia externa del edificio era impecable, incluso estaba recién pintado y con un local en perfecto funcionamiento, cosa que desconcertaba y al mismo tiempo producía interés entre nosotros. ¿Curiosidad e cierta confusión?

Nerviosa de iniciar la primera entrevista, me presenté amablemente con una de las damnificadas, una señora de la tercera edad, con el cabello cano y cierto acento en la entonación de sus palabras. Adentrándonos en la entrevista descubrimos que la mujer no era mexicana de nacimiento, sin embargo, la mayor parte de su vida había transcurrido en la Ciudad de México, justo en ese edificio. Al escucharla, pude percatarme de la incertidumbre y vulnerabilidad que ella sentía al estar habitando un edificio que en su interior escondía una serie de daños físicos imposibles de pasar desapercibidos. Las señora describía la presencia de grietas entre muros que permitían ver de una habitación a otra, así como la preocupación notoria en su voz al hablar de un tanque de gas que se encontraba en la azotea del edificio, el cual representaba riesgos para los habitantes del inmueble. El peligro ya había sido reportado a las autoridades, sin embargo, no recibieron respuesta alguna, misma situación que se replicaba en el caso del espectacular que representaba riesgos para la propia infraestructura del edificio debido a su peso.

Al seguir charlando con los damnificados(as) que se encontraban en el campamento, logramos comprender que la situación que vivían tenía una peculiaridad: todos los habitantes del inmueble eran (son, en algunos casos) arrendatarios. Su situación me provocó una duda que sin tapujos pregunté: ¿por qué seguían en el edificio?. Primero se lo expresé a la mujer de cabello cano y acento peculiar; ella me respondió con una frase que me pareció de suma profundidad: “No me siento a gusto con mis hijos u otros parientes, en este lugar he estado desde que llegué, aquí es mi hogar”. Entiendo que para el lector, es probable que de primera instancia esto sea una obviedad, sin embargo, a mí me provocó una empatía impresionante; comencé a pensar en la independencia que cierto lugar te da, a la costumbre que se genera al visitar ciertos lugares de manera constante, además de reflexionar sobre el sentido de pertenencia que los seres humanos desarrollamos hacia los lugares en los que pasamos gran parte de nuestro tiempo.

Posteriormente, entrevisté a una mujer de unos 19 años y a un hombre de la misma edad. La incertidumbre y la preocupación podía vislumbrarse en ambos tanto en sus anécdotas, como en sus expresiones faciales. La primera, colocó dudas sobre la habitabilidad del inmueble poseía; se refirió a la falta de un dictamen que no generara contradicciones entre los arrendatarios. Nos comentó de la existencia de tres dictámenes que no coincidían unos con los otros - el primero había sido dado por Protección Civil, el cual mencionaba que el edificio había presentado daños estructurales, por lo que había sido acordonado. El Grupo FAMSA, había generado otro dictamen el cual concluyó que el edificio podía volver a funcionar y ser habitado, ya que sólo había sufrido daños estéticos. Hecho que coincidió con un tercer dictamen, realizado por la inmobiliaria. Dichos dictámenes, terminaron por ceder autoridad a Grupo FAMSA para retirar las cintas que acordonaban el lugar y volver con sus actividades, esto ante la ausencia de autoridades gubernamentales, quienes no volvieron a regresar al inmueble después de la elaboración del primer dictamen.

Describir la preocupación de los jóvenes me resulta curioso, en sus rostros al narrar experiencias permanecía una sonrisa pícara, como si la esperanza de que todo mejorara estuviera presente. Era impresionante escuchar la posibilidad de ver entre una habitación y otra a través de las enormes grietas que se habían hecho durante el sismo. Un joven mencionaba que podía ver desde su habitación la de su abuela, y que además, durante el sismo se había producido un incendio controlado en la cocina de su departamento. La desgracia fue grande para su familia, la abuela sufrió lesiones en la pierna mientras bajaba las escaleras durante el sismo y su madre perdió su empleo porque el sismo dañó el inmueble en el que laboraba. Él mismo nos comentó que tuvo que dejar la universidad (privada) porque los gastos adicionales que implicaba ser damnificado y porque ahora tenía que quedarse en el campamento para hacer guardias y cuidar de la salud de su abuela.

La experiencia del joven me hizo reflexionar sobre el impacto que un fenómeno natural puede tener en la vida de los seres humanos, y sobre todo lo vulnerables que nos encontramos al no tener ninguna certeza de la condición, tanto física, como jurídica, de los lugares donde se vive y en se labora. Asimismo, pensé en la falta de interés de los gobiernos ante los arrendatarios, en lo fácil que fue para el gobierno deslindarse de cualquier responsabilidad para defender la condición de las familias que rentaban (rentan) en el lugar y la falta de ética de la empresa.

A pesar de que ya había realizado la pregunta antes, volví a hacerla: -¿por qué no se han ido del edificio si rentan?. Los(as) damnificados señalaron que tiempo atrás habían pagado un seguro a la inmobiliaria en caso de cualquier desastre, sin embargo, hasta el momento no había sido efectivo. Según nos comentaron, la inmobiliaria se justificó mencionando que otros edificios se habían derrumbado y que el dinero era escaso en esos momentos. Además, argumentaban que ir a rentar a otro lugar era mucho más costoso que seguir ahí con la esperanza de que se arreglara el edificio. Ante estos argumentos, me daba la impresión de que los(as) damnificados realmente buscaban llegar a buenos términos con los dueños, no obstante hasta finales del año pasado, la situación era la misma.

Cabe señalar que realizamos diferentes entrevistas al lugar, con la finalidad de recabar toda la información posible. Las perspectivas son distintas cuando se toman en cuenta tanto las edades, como la situación laboral y económica en la que las personas se encuentran, no obstante, era común entre los(as) damnificados la preocupación por la condición de la infraestructura del edificio y el estado de vulnerabilidad en el que colocaba a sus habitantes. Todos describían lo preocupante que les parecía poder ver las grietas en forma de “x”, sobre todo en las varillas de las esquinas, o en algunos departamentos, grietas tan grandes que podía verse la habitación contigua.

Noté que el interés de la inmobiliaria no estaba precisamente alineado con el de los(as) arrendatarios, les preguntamos si habían recibido asesoría jurídica para hacer frente al caso. Ellos(as) se mantuvieron firmes al mencionar que querían arreglarlo sin tener que involucrar a las autoridades. Admito que la situación me provocó un sentimiento profundo de frustración, puesto que en las visitas que realicé los(as) arrendatarios no tuvieron contacto con la inmobiliaria y por tanto, las condiciones del edificio no mejoraban, mientras que a simple vista la indiferencia del grupo FAMSA siempre estuvo presente.

El campamento fue levantado por órdenes de las autoridades delegacionales, así que las últimas entrevistas fueron dentro del inmueble. Ello me ocasionó gran impacto al percatarme de que eran ciertas las descripciones que nos habían narrado antes los(as) arrendatarios. Uno de los detalles que noté en ese momento, fue que había una patrulla en frente del edificio. Nos comentaron que la policía había llegado días después del fenómeno y que los hacía sentir seguros, sin embargo conforme fueron pasando los días, se sentían vigilados por ellos, al punto de sentirse acosados, destacando que incluso creían estar más protegidos por el personal de la gasolinera que se encuentra enfrente del edificio y que en inicio los había auxiliado, que por el propio cuerpo de seguridad.

A pesar de que todo lo descrito hasta ahora refleja un sin fin de acontecimientos desafortunados, considero necesario destacar que una de las cosas que los(as) entrevistados hicieron énfasis, fue que de entre todo lo malo, ahora se conocen y que además descubrieron que existen muchas personas solidarias y con interés de ayudar.

Finalmente, puedo concluir en que mi mente ahora alberga más preguntas que respuestas acerca de la forma en la que se procedió no sólo con los(as) damnificados de la colonia. Sin embargo, también comprendí que la esencia real de la Ciudad de México se encuentra en todas aquellas personas solidarias que estuvieron (y siguen estado) interesadas en ayudar y hacer algo por levantar no sólo los muros caídos o reparar los agrietados, sino también el espíritu de muchos(as) que perdieron un hogar.

Siempre estaré agradecida con las y los vecinos del inmueble por toda la confianza que nos brindaron al contarnos sus fuertes experiencias y lo mucho que me hicieron crecer como ser humano.